Tiburones en el estanque

Narrativa on-line para mentes inquietas...

18.5.05

A las puertas del Cielo


El elevador externo asciende lentamente hacia el último piso del edificio. Su mano, que aprienta un tubo metálico con tanta fuerza que los nudillos están blancos, tiembla ligeramente. La lluvia distorsiona el paisaje del exterior, un lienzo gris de pinceladas oscuras, casi minimalistas; no puede distinguir los detalles. Nadie puede.

Un débil zumbido le avisa de que ha llegado a su destino. Las compuertas se abren tras él, en silencio, con un suspiro ahogado que le recuerda al último orgasmo femenino que escuchó hace ya... ni se acuerda. Malos tiempos para el amor, para la pasión, para la vida. Se gira y sus ojos pasean por el pasillo gris que se pierde en la lejanía. Es el silencio el que le pone nervioso, la falta de ajetreo. Quiere recordar, pero no puede, los tiempos en que los seres humanos deambulaban por estas galerías entre risas y llantos, entre traiciones y carantoñas. A veces cree oír las voces de los fantasmas, los susurros apagados de los espectros.
Y siente miedo.
Avanza, siempre adelante, hacia la reunión que puede hacer que su vida dé un giro de ciento ochenta grados. No le cuesta nada encontrar el despacho. Uno de los ojos que flota por los pasillos le reconoce, le mapea, envía sus datos biométricos hacia la computadora central. El Gran Dios de silicio confirma su identidad y le permite el paso hacia el interior del diminuto cubículo. Gris, como todo lo que le rodea. Hay un hombrecillo descolorido tras una mesa aburrida, masticando una barra de soja
(la dieta de los campeones, el soylent green de este futuro incierto)
con mordiscos calculados y precisos. Ni siquiera levanta la mirada cuando le oye entrar arrastrando los pies, con el tubo de metal ardiendo en la palma de su mano. El enano termina su modesto pero energético refrigerio y se chupa las puntas de los dedos. Es entonces cuando dirige sus ojos hacia la puerta, hacia el hombre asustado que le contempla con un destello indefinible flotando sobre sus pupilas.
-El correo... -dice el hombrecillo con los labios curvados en una mueva imposible.
No puede terminar la frase. El mensajero se abalanza sobre él con el tubo metálico por encima de su cabeza, la cara contraída por la furia de un rictus asesino. Descarga la improvisada arma una y otra vez contra el cráneo del hombrecillo, levantando nubes vaporosas de gotas carmesí que salpican las paredes, sus ropas, su rostro, la mesa gris del despacho gris donde el tipo ha pasado sin saberlo sus últimos minutos de vida...
La ira y la angustia terminan por desaparecer, aunque en realidad no sabe cuánto tiempo ha transcurrido. Todavía sostiene el tubo metálico en la mano. Gruesas gotas rojas, coaguladas, caen en la moqueta verdosa formando un charco irreal, oscuro, deforme. Lo suelta, con asco, tratando de olvidar lo que ha hecho. No puede. El cadáver del hombrecillo es un amasijo de carne apaleada; uno de sus ojos le observa desde la superficie de la mesa, unido a su cuenca por una serpiente carnosa que está adquiriendo un tono gris de podredumbre.
Vomita sobre la moqueta.
Eso le hace tranquilizarse un poco. Luego trata de ordenar sus ideas. Tiene que buscar algo, algo que lo Quánticos desean, algo que les ha hecho entrar en el peligroso juego del chantaje. Está temblando, sin poderlo evitar, aunque no hace ni pizca de frío. Sabe que, en cualquier momento, uno de esos tecnoespectros, uno de esos fantasmas de la máquina aparecerá a su lado, y clavará en él esa maldita mirada vacía y sin sentimientos. Debe darse prisa, mucha prisa. Se acerca al cadáver y comienza a registrar sus bolsillos. En ellos no hay más que basura y baratijas sin importancia. El tipo era una especie de urraca humana: encuentra cristales de datos inservibles, neurojacks antiguos y desactualizados, cápsulas de rocket, pendrives... Nada se parece a lo que tiene que encontrar.
Está solo, con un hombre muerto, y la habitación huele a metal oxidado.
(Continuará)

24.4.05

Joya en la penumbra

Sus manos aletean sobre la espalda del hombre. Éste se limita a ronronear, con la cara enterrada en una almohada sucia que conoció tiempos mejores. Joya sonríe, sin poderlo evitar, inmersa en un instante en que la ternura parece haberse adueñado de la parcela de universo que le rodea.
Sigue con el masaje. Lento, oleoso, siguiendo una trayectoria descendente. Ella sabe que el tipo le pagará bien, buen crédito para conseguir un par de caprichos: el resto tendrá que estancarlo en la cuenta. El gobierno cobra cifras exorbitadas por el permiso de trabajo, el control de natalidad, los exámenes médicos a los que tiene que someterse cada quince días. No se queja, ni siquiera en los momentos más bajos. Hay toda una legión de seres humanos que matarían por el derecho de elevar una queja.
El hombre gruñe:
-Más despacio, zorra.
Joya siente que el corazón galopa dentro de su pecho. Ya ha tenido una objeción al servicio este trimestre. Un capullo de la zona de los Cielos que quería escaquearse del pago. No puede permitirse otro punto negro en el expediente. Con mucha suavidad imprime un movimiento rotatorio a sus manos, imaginando que la carne que late bajo ellas es el cristal más delicado del universo. Eso suele ayudarla.
-¿Mejor así? –Murmura, tratando de que sus palabras no muestren la ansiedad que le embarga.
El tipo vuelve a gruñir. Quiere suponer que es un sí, pero no lo sabrá con seguridad hasta que llegue el momento de la transacción. Mira el display que hay junto a la puerta. Apenas quedan unos minutos. Se vuelca con los cinco sentidos en este acto desprovisto de pasión y de humanidad. Tiene que mantenerse, tiene que conseguirlo. No puede volver a las calles, no otra vez.
Los segundos se arrastran hasta que un zumbido le avisa de que todo ha terminado. El tipo emite un suspiro, se incorpora a medias y clava sus ojos en ella, atravesando la penumbra de la habitación.
-Eres buena –dice.
Joya tiene ganas de llorar, pero se contiene. El hombre le acaricia la mejilla con el dorso de la mano, en un gesto tan intenso que ni siquiera pertenece a este mundo. Hace tiempo que el cariño murió, la sociedad global acabó por enterrarlo en un ataúd de ética mal entendida. Ella baja los ojos, sabe que sus lágrimas aflorarán si este momento dura más de lo estrictamente necesario.
-¿La tarifa es la de siempre?
Joya asiente, en silencio. El hombre se levanta de la cama, se pone la camisa, y se dirige a la puerta. La placa de pago está junto a ella, reluciendo entre las sombras. Él pasa el chip. La luz verde se enciende. Joya deja escapar el aire que quedó estancado en sus pulmones. Él acaba de vestirse. Pulsa el botón de apertura, y, antes de irse, susurra:
-Nos volveremos a ver.
Luego se va. Joya se deja caer en el colchón que ahora huele a colonia cara y a sudor de gimnasio. Llora, igual que una niña perdida en mitad de la calle. ¿Hasta cuándo podrá aguantar esta tensión? ¿Hasta cuándo? Poco a poco se tranquiliza. Sólo quedan unos minutos antes de que aparezca el próximo cliente. Servicio especial. Tiene que vestirse de adolescente, adoptar el rol de la perversión. Enciende las luces, se dirige al armario, absorbe su disfraz en silencio.
Un zumbido le anuncia que el momento ha llegado. Sorbe las lágrimas. Cabeza arriba, pecho alzado, caderas juguetonas… Una nueva Joya aparece en el umbral. ¿Qué saben ellos del dolor y de la angustia?
La pena se diluye entre las oleadas de asco que le asaltan cuando su carne empieza a ser manoseada.

20.4.05

Horizontes (I)

Hasta la lluvia cae con desmayo. Los charcos pegajosos salpican el asfalto gris, aquí y allá, componiendo un fresco desagradable, húmedo, malsano. Ratz aparece tras doblar una esquina, las manos en los bolsillos, una melodía en los labios.

Hoy es un día tan malo como otro cualquiera. Las dispensadoras públicas de la estación de metro, calle abajo, se han estropeado. Los técnicos no sabían dónde estaba la avería (a veces uno se pregunta dónde estudian esos hombres embutidos en monos blancos, qué es lo que de verdad saben hacer), así que se han limitado a llamar a los maderos para que dispersen a la legión de hambrientos. Ratz ha optado por abrirse antes de que le zurren con esas porras asquerosas que hacen que te mees encima. Hace tiempo que aprendió la lección, y desde luego que no va a olvidarla en mucho, mucho tiempo.

No sabe muy bien a dónde va. Es uno de esos días en que, aunque no sepa expresarlo de ese modo, se siente prisionero de las circunstancias. Está harto de deambular sin rumbo por las ruinas de una civilización en decadencia. A veces siente que debe morir, que sería bueno abandonarse, desconectar, apagar todas las luces y abrazar el mullido colchón de las tinieblas. Pero algo, un estúpido instinto de autoconservación, le impide hacer realidad sus deseos. Ratz no es un genio, tiene la inteligencia de la calle, por eso confía en que llegará el momento en que su suerte cambiará. Sabe que los supervivientes terminan por alcanzar la meta. De un modo u otro.

Ratz tiene catorce años, todavía le quedan diez o doce antes de emprender el camino del silencio.



Aviso para navegantes

Decía el amigo Santi Eximeno (que está llevado a cabo una experiencia mucho más arriesgada en Blogspot: escribir una novela), que la red ofrece posibilidades infinitas para el escritor inquieto. Y es cierto. Soy hombre de distancias cortas, de impactos súbitos, así que he decidido probar suerte yo también, y dedicar unos minutos al día a perfilar un mundo que nunca existirá a través de escenas cotidianas que sólo tienen cabida en mi calenturienta imaginación. Los personajes y situaciones serán distintos, pero intentaré mantener una cierta concordancia espacio-temporal que será el único hilo conductor de la experiencia.
Hay muchas posibilidades, desde luego: el problema es encontrar la manera de sorprenderles.
Bienvenidos a bordo. Trataré de no defraudarles.