El elevador externo asciende lentamente hacia el último piso del edificio. Su mano, que aprienta un tubo metálico con tanta fuerza que los nudillos están blancos, tiembla ligeramente. La lluvia distorsiona el paisaje del exterior, un lienzo gris de pinceladas oscuras, casi minimalistas; no puede distinguir los detalles. Nadie puede.
Un débil zumbido le avisa de que ha llegado a su destino. Las compuertas se abren tras él, en silencio, con un suspiro ahogado que le recuerda al último orgasmo femenino que escuchó hace ya... ni se acuerda. Malos tiempos para el amor, para la pasión, para la vida. Se gira y sus ojos pasean por el pasillo gris que se pierde en la lejanía. Es el silencio el que le pone nervioso, la falta de ajetreo. Quiere recordar, pero no puede, los tiempos en que los seres humanos deambulaban por estas galerías entre risas y llantos, entre traiciones y carantoñas. A veces cree oír las voces de los fantasmas, los susurros apagados de los espectros.
Y siente miedo.
Avanza, siempre adelante, hacia la reunión que puede hacer que su vida dé un giro de ciento ochenta grados. No le cuesta nada encontrar el despacho. Uno de los ojos que flota por los pasillos le reconoce, le mapea, envía sus datos biométricos hacia la computadora central. El Gran Dios de silicio confirma su identidad y le permite el paso hacia el interior del diminuto cubículo. Gris, como todo lo que le rodea. Hay un hombrecillo descolorido tras una mesa aburrida, masticando una barra de soja
(la dieta de los campeones, el soylent green de este futuro incierto)
con mordiscos calculados y precisos. Ni siquiera levanta la mirada cuando le oye entrar arrastrando los pies, con el tubo de metal ardiendo en la palma de su mano. El enano termina su modesto pero energético refrigerio y se chupa las puntas de los dedos. Es entonces cuando dirige sus ojos hacia la puerta, hacia el hombre asustado que le contempla con un destello indefinible flotando sobre sus pupilas.
-El correo... -dice el hombrecillo con los labios curvados en una mueva imposible.
No puede terminar la frase. El mensajero se abalanza sobre él con el tubo metálico por encima de su cabeza, la cara contraída por la furia de un rictus asesino. Descarga la improvisada arma una y otra vez contra el cráneo del hombrecillo, levantando nubes vaporosas de gotas carmesí que salpican las paredes, sus ropas, su rostro, la mesa gris del despacho gris donde el tipo ha pasado sin saberlo sus últimos minutos de vida...
La ira y la angustia terminan por desaparecer, aunque en realidad no sabe cuánto tiempo ha transcurrido. Todavía sostiene el tubo metálico en la mano. Gruesas gotas rojas, coaguladas, caen en la moqueta verdosa formando un charco irreal, oscuro, deforme. Lo suelta, con asco, tratando de olvidar lo que ha hecho. No puede. El cadáver del hombrecillo es un amasijo de carne apaleada; uno de sus ojos le observa desde la superficie de la mesa, unido a su cuenca por una serpiente carnosa que está adquiriendo un tono gris de podredumbre.
Vomita sobre la moqueta.
Eso le hace tranquilizarse un poco. Luego trata de ordenar sus ideas. Tiene que buscar algo, algo que lo Quánticos desean, algo que les ha hecho entrar en el peligroso juego del chantaje. Está temblando, sin poderlo evitar, aunque no hace ni pizca de frío. Sabe que, en cualquier momento, uno de esos tecnoespectros, uno de esos fantasmas de la máquina aparecerá a su lado, y clavará en él esa maldita mirada vacía y sin sentimientos. Debe darse prisa, mucha prisa. Se acerca al cadáver y comienza a registrar sus bolsillos. En ellos no hay más que basura y baratijas sin importancia. El tipo era una especie de urraca humana: encuentra cristales de datos inservibles, neurojacks antiguos y desactualizados, cápsulas de rocket, pendrives... Nada se parece a lo que tiene que encontrar.
Está solo, con un hombre muerto, y la habitación huele a metal oxidado.
(Continuará)